Las flores de Germán Rodríguez

Miguel Sánchez Ostiz. Publicado en Vivir de buena gana

Hay cosas que corren el peligro (todas) de verse arrastradas en el chirrión de los días. Una de ellas fue la infamia perpetrada por la autoridad, en el peor estilo policiaco, al retirar las flores que unos ciudadanos de Pamplona pusieron en la estela que recuerda el asesinato de Germán Rodríguez, el 8 de julio de 1978, cuya autoría cabe atribuir a la policía que dio la orden inequívoca de disparar a matar. ¿Cuestión de limpieza en una ciudad que esos días está echa una mierda por mucho esfuerzo que pongan los servicios de limpieza? Mentira.

Quien dio la orden de quitar esas flores, el mismo día en que fueron colocadas, lo hizo con intención plena de ofender, de vengarse, de imponer, de fastidiar. El animus jodiendi de esa acción injustificada está más que claro. ¿Fue la propia Barcina o fueron sus muchos mamporreros, empezando por el alcalde de Pamplona? Lo hicieron a una hora en la que las peñas estaban en la plaza de toros para evitar una respuesta contundente e inmediata. Quien quiera que fuera su verdadero autor lo hizo para herir a esa parte de la ciudadanía que reclama verdad, memoria y justicia, y para demostrar quién manda en Navarra, aunque eso mismo haya constituido su más eficaz autorretrato: algo propio de rufianes. Si ellos, los del UPSN, hubiesen sido heridos en su sensibilidad habríamos tenido un rasgado de vestiduras de tronada, habrían peligrado, como siempre, las mismísimas bases de la democracia (y todo eso).

Entiendo que para los herederos políticos del franquismo (por muy refrendado por las urnas que esté) sea difícil aceptar que alguien eche una mirada crítica sobre la actuación de las instancias gubernativas y de la policía a su exclusivo servicio, entonces, ahora y pasado mañana. Ese recuerdo anual les resulta molesto, les afea el parque de atracciones y harán todo lo posible para impedirlo o para reducirlo a nada. Las flores han sido un aviso, más que un símbolo.

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