Sanfermines 1978: réplica a J.I. del Burgo

Ramón Contreras, Patxi Urrutia y Xabier Barber.
Compañeros de Germán Rodríguez en LKI.

A raíz de la emisión del documental ‘Sanfermines 78’ en TVE-2, Jaime Ignacio del Burgo publica en el Diario de Navarra de 25/6/2006 una interesada valoración de aquellos acontecimientos, que poco tiene que ver con lo acontecido entonces y con lo que ocurrió a posteriori.

Del Burgo sí acierta, a nuestro parecer, al situar el problema de fondo presente en el origen de la brutal agresión a que la policía sometió a la ciudadanía de Iruñea en aquel fatídico día 8, saldada con varios heridos de bala y con el asesinato de Germán Rodríguez, militante de LKI. Este problema no es otro que el de la territorialidad de Euskal Herria.

Aportando su particular visión de los hechos, afirma: Pero la situación de Navarra en 1978 en nada se parece, por fortuna, a la de 2006. En los años de la transición, el nacionalismo vasco creyó que podría conseguir la anexión de Navarra a Euzkadi sin que el pueblo navarro dijera esta boca es mía.

Por el contrario, nosotros pensamos que aquella situación y la de ahora tienen muchos puntos en común. El conflicto de la territorialidad de Euskal Herria permanece irresuelto y ni entonces ni ahora el pueblo navarro ha tenido la oportunidad de pronunciarse al respecto. La ciudadanía no pudo expresar su opinión sobre el bien blindado Amejoramiento del Fuero, único estatuto de autonomía actual no refrendado por la población afectada. Ahí sí que hubo una «negociación» en la que Navarra fue utilizada como «moneda de cambio»; en la que el ruido de sables sonaba como constante música de fondo. En aquella «negociación», los dos diputados navarros que no comulgaban con la idea de la unidad de España fueron directamente apartados. Ahora, como en 1978, el derecho del pueblo navarro a decidir sigue secuestrado.

Ni fue (ni es) el «nacionalismo vasco» quien quería decidir sobre «adhesión» alguna. Lo que entonces estaba en juego, igual que hoy, es si la ciudadanía, de Nafarroa y Gipuzkoa, de Bizkaia, Zuberoa, Araba o Lapurdi se organiza políticamente de forma conjunta, con las especificidades que cada territorio quiera salvaguardar. Y no a través de una negociación secreta en Madrid, como hicieron del Burgo y compañía, sino por medio de un proceso en donde estén presentes y participen todos los partidos políticos vascos, y donde la última palabra la tenga la sociedad de Euskal Herria.

Prosigue el líder de la derecha en su escrito: «En la película proyectada se transmite la idea de que la muerte del secretario general de la Liga Comunista Revolucionaria, Germán Rodríguez, fue consecuencia de un plan perfectamente diseñado por la extrema derecha con la complicidad del Gobierno de Adolfo Suárez, para segar cualquier posibilidad de integrar Navarra en Euzkadi. Nada hay más contrario a la verdad».

Aunque poco relevante, lo de «secretario general» es una invención de del Burgo, como la mayoría de sus tesis político-policiales. Por otro lado, quien lo haya visto sabe que el documental no trasmite una determinada idea; algunas de las personas que participan en él expresan un punto de vista y otras, como generosamente por cierto el propio J.I., sostienen lo contrario. Da la impresión de que la mera expresión de ideas distintas a las suyas produce sarpullido al dirigente españolista; sin embargo, al hablar tan concretamente de ese «plan» tal vez le esté traicionando el subconsciente.

En 1978, al igual que durante la República, en buena parte de la sociedad navarra primaba la idea de la unidad territorial de las cuatro provincias vascas meridionales. La derecha estaba nerviosa, veía en riesgo esa batalla política; los 3.200 asesinatos de la sublevación fascista de 1936 no le iban a servir de nada. La manifestación convocada el 3 de diciembre de 1977 por Amadeo Marco a favor de la españolidad de Navarra sólo consiguió movilizar a una minoría, a pesar del viaje y bocadillo gratis. Quizás por eso la derecha puso en marcha un plan para desestabilizar Nafarroa, atemorizando a la población y haciendo retroceder al movimiento popular.

Lo de Montejurra, auténtica operación de guerra con participación del facherío internacional que dejó dos personas asesinadas, había sido un aviso. Es sabido que la banda internacional de fascistas se alojó en el Hotel Iratxe, y que tanto las reservas como el pago corrieron a cuenta del Ministerio del Interior, a la sazón presidido por Fraga Iribarne, amigo y correligionario de J. I. El acto postrero sucedió en Tudela, donde la Guardia Civil asesinaría a Gladys del Estal.
Entre medio, Sanfermines del 78. ¿Por qué aquel día se concentró frente a bomberos un número inusitado de policías? ¿Quién dio la orden de disparar, añadiendo no os importe matar? ¿Por qué entra a la plaza, pistola en mano, el comisario Rubio, jefe de la policía? ¿ Por qué …?
En la película se relaciona el día 8 con lo acontecido el 10 de mayo en la calle Chapitela. Para-policiales armados y con pasamontañas, salieron a la calle a atemorizar a la población. En concreto intentaron asaltar la sede de LKI, utilizando sus armas de fuego. La policía, bajo la responsabilidad y mando del gobernador de UCD, no abrió ninguna diligencia ni aclaró nada sobre ese tiroteo y asalto; se limitó a detener a las personas presentes en la sede.

La realidad es tozuda y cabe preguntarse por qué a pesar de los cuatro asesinatos citados no hubo detenidos ni juzgados. De tratarse de casos aislados y de descontrol individual, alguien habría pasado por los tribunales, pero ¿cómo va un Estado a juzgar a quienes cumplen sus órdenes?

La cuestión central sigue en la palestra. Nafarroa es parte histórica de Euskal Herria, o viceversa, tanto da, y así lo vive parte de la población. La derecha navarra lo sabe y teme más que a un nublado que el pueblo pueda pensar, opinar y decidir libremente al respecto. Sabe además que cuando se recupere el debate las tesis de los navarro-españolistas de derechas lo tendrán mucho más difícil. Por eso se ponen tan nerviosos al oír hablar de territorialidad y capacidad de decisión.

Si la derecha navarra fuera demócrata, no tendría ningún inconveniente para sentarse en un mesa con todos los partidos y acordar cómo dar la palabra al pueblo y que éste decida cómo quiere organizase políticamente. La democracia no tiene miedo a que la población decida.

El artículo de del Burgo es un auténtico esperpento y un monumento al surrealismo. Imaginar, como él cuenta, a dos ex-presidentes del Gobierno Foral, envueltos ambos en escándalos de corrupción, juntos en el piso de uno de ellos, contemplado cómodamente los sucesos del 8 de julio de 1978 en Iruñea, y que Urralburu sentencie, a la vista de los trágicos acontecimientos, Una revolución debe ser algo espantoso, supera los guiones del mejor Fellini. Lo realmente espantoso es que personajes como del Burgo y Urralburu observen desde su inmaculada atalaya, prestos a sacar réditos políticos y personales, tergiversando la realidad hasta hacerla coincidir con lo que ellos piensan y les interesa.

Nunca he comprendido por qué a Germán Rodríguez se le ha negado el honor de haber muerto como un revolucionario. ¡Qué asco! ¡Qué cinismo! Germán no murió de muerte natural, ni en el transcurso de una revolución; lo asesinaron. Y lo hicieron miembros de cuerpos policiales que nunca han sido depurados y que se encontraban a las órdenes de correligionarios y amigos del autor de la frase. Por eso no le interesa que prevalezca la verdad. Por eso no les interesa que la memoria histórica se mantenga. Si ni tan siquiera pueden admitir la presencia de la estela que nos recuerda todo ello…

Tal vez estemos en puertas de un proceso de solución de un antiquísimo conflicto. A ver si somos capaces de resolverlo, con una amplia participación popular, y superamos de una vez por todas este cúmulo de mezquindades.

(artículo aparecido en el diario GARA el 7 de julio de 2006)

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